23May2008
Posted by papa under: Relatos.
Hoy he oído en la casa donde presto mis servicios, que están pensando en cambiarme por otro colchón más joven, más moderno, fabricado con otros materiales. Total que se me presenta la jubilación en “un tres y no res”.
Es por eso que me siento un poco melancólico, y he querido repasar mentalmente lo que ha sido mi existencia. Soy el número 345.755 de una partida de 2.100.000 unidades de colchones, modelo Multielastic de la casa Flex. Fecha de fabricación: Mayo de 1995. Cuento en estos momentos con once años y ocho meses de existencia. Vi la luz en la fábrica Flex de Lérida.
Me montaron de la siguiente forma:
-Mi interior es una carcasa de muelle continuo de máxima firmeza. Son muelles de hilo continuo helicoidales dobles entrelazados. Gracias a la forma espiral cruzada, los muelles trabajan en paralelo, y reparten los esfuerzos por toda la carcasa.
-A continuación estoy forrado con una capa textil NT para compactar con las capas superiores y una capa de fieltro Termo Bound que evita cualquier molestia de la carcasa de muelles con las capas superiores.
-Le sigue un acolchado sistema Commodo Plus de espuma especial (alta resiliencia) de gran deformación y hundimiento y tacto mullido.
-Exteriormente voy envuelto en una nueva capa textil NT, un acolchado de espuma especial que permite una perfecta aireación, fibra de poliester termoligada, atérmica y antialérgica.
-Finalmente estoy recubierto con tela Damasco de alta calidad en color crudo con estampados.
Todos estos materiales llegaron de distintos puntos de España, y allí la cadena de montaje procedió a mi creación.
Hoy, mirando hacia atrás, a pesar de mi melancolía, me encuentro con esa sensación que te proporciona el saber que has hecho un buen trabajo.
He sido testigo silencioso y atento de muchas cosas que pasan en la casa donde he pasado mi existencia útil. Tienes que saber que mi sitio en las casas es por decirlo de alguna manera « El Santa Santorum » de la vivienda.
Allí es donde se descubren los secretos más íntimos de los personajes que te utilizan. Es el lugar para confidencias. Es donde actúan sin complejos ni falsas vergüenzas. Yo he sido testigo de fantásticas noches de amor. De discusiones acaloradas. De enfados. De reconciliaciones. De noches flatulentas hasta lo insoportable. De soportar alguna copa de más. Pero yo formo parte de todas estas historias, y me siento importante.
Te voy a confesar que la sensación más agradable para un colchón, es sentir el contacto del cuerpo de un niño. Tenerlo arrebujado encima de ti, y verlo dormir plácidamente.
En fin, se termina mi utilidad como colchón, pero sé que me espera otra vida gracias al reciclaje, y que en un futuro próximo seré parte de algo importante, quizás de una barandilla de hierro, quizás de unos pantalones ó una camisa. Quizás ¿por qué no? volveré a ser parte de uno de esos colchones jóvenes y modernos, y volveré a ser testigo mudo e indespistable de amores y desamores, de felicidad e infidelidad, de niños que viene a este mundo. De un perrito que se sube al colchón cuando se despistan sus amos.
Quién sabe. Soñar es gratis y tan esperanzador.
Os dejo ha llegado la furgoneta que me lleva al desgüace.
Buenas noches.
Benidorm 28 de Enero de 2007
23May2008
Posted by papa under: Relatos.
Hoy estoy un poco melancólica. No sé exactamente porqué, pero en mi pequeña cabeza se amontonan los recuerdos. Quisiera ponerlos un poco en orden. Sí, creo que será lo mejor. Empezaré por el principio.
Hace poco más de un año, muy poco más, que estoy en esta casa, que hoy ya es la mía, y con esta familia, que hoy también es la mía. Que le vamos ha hacer. Seguramente podría haber sido peor. ¿o no?.
Es el caso que transcurrían los últimos días del mes de diciembre del año 1998, y yo estaba donde siempre había estado, pues de los primeros días con mi madre casi no me acuerdo. Decía que estaba donde siempre, en una pequeña y minúscula casita de palitos de hierro, junto a mi hermana melliza. Y digo melliza porque nacimos al mismo tiempo. Y no digo gemelas, porque aunque nos parecíamos, no éramos exactamente iguales.
Esa casita de palitos de hierro, tenía serrín en el suelo, y una puerta pequeña, que se habría dos veces al día para darnos agua y algo de comer. Habían más congéneres en la misma situación, y al cabo de unos días observé que de vez en cuando entraba gente extraña de la calle, y tras una charla con los jefes de la casa grande donde estaban las otras casitas pequeñas, iguales a la mía, los cogían con lo que parecía ser cariño, y se los llevaban.
Yo estaba intrigada. Que digo intrigada, ¡intrigadísima!
¿A dónde los llevarán?
Tenía un vecino, que vivía en una casita como la mía, pero un poco más grande. Un pastor alemán, según me dijo, era un poco mayor que yo, y él me explicó que estabamos en una tienda, y que estas personas extrañas que veía entrar y salir, nos compraban para ir a sus casas.
Me asusté un poco al principio, pero me dijo que sus casas eran más grandes, que nos dejaban correr, que nos alimentaban, que nos sacaban a la calle, y que algunos hasta nos mimaban un poco.
Mi hermana y yo, no pudimos dormir esa noche. ¿Será verdad?
Poco a poco fuimos aprendiendo a conocer el idioma de los humanos, y a interpretar sus sentimientos.
Entonces entendimos porqué cuando entraban personas, y tras una breve conversación con los jefes de la casa, se abría la puerta de lo que empezaba a ser para nosotras una pequeña cárcel, y nos dejaban en el suelo para que pudiésemos jugar y corretear. Pero esto sólo duraba un momento. De nuevo nos cogían unas manos gigantescas, y otra vez a nuestra pequeña cárcel.
Por las conversaciones que se escuchaban en la tienda, descubrí que eran las fiestas de Navidad, y que unos días después era el día de los Reyes Magos. También oí decir que estos señores, los Reyes Magos, eran unas personas muy especiales, que aparecían una vez al año para conceder deseos a las personas que se lo solicitaban.
Esa noche, cuando se apagaron las luces, y una se queda a solas con su conciencia y sus pensamientos, una idea me rondaba por la cabeza. ¿Podría yo también pedir un deseo a esos seres magníficos?
Mi cuerpo no encontraba la posición necesaria para dormir entre aquel serrín, y la imaginación se desbocaba ¿existirían también los Perros Magos? ¿ Me concederían un deseo?…
Y me dormí. Y soñé. Soñé que escribía una carta a mis particulares Reyes Magos, y que pedía encontrar una familia que me quisiera llevar con ellos, aunque la casa no fuera muy grande, aunque no me mimaran demasiado, pero que hubieran niños. Me gustan los niños. Mi amigo el pastor alemán dice que juegan mucho con nosotros.
Y soñé, y soñé… Y me desperté. Y de nuevo la puerta que se habría para darnos comida, agua y cambiarnos el serrín.
Y los días pasaban, y mi sueño de Reyes, no se me olvidaba. Venía gente, nos sacaban de la jaula, nos miraban y… nos volvían a meter.
Y ya era el día cinco, la noche de Reyes, según decían en la tienda. Y yo seguía allí. Empecé a pensar que lo de los Reyes Magos era un camelo, al menos para nosotros los perros.
Por lo oscura que estaba la tarde, estaba ya próxima la hora del cierre de la tienda. Mis esperanzas se oscurecían al mismo tiempo.
De pronto desde mi encierro, y a través de los cristales del escaparate, vi a una pareja que sonreían y nos miraban. ¡Dos mirones más! Pensé, y miré para otro lado. ¡Estaba cansada de ser una perrita objeto!
Pero entraron en la tienda, y al momento las manos-grúa, nos cogían y nos depositaban en el suelo. Mi hermana y yo aprovechábamos estos momentos para corretear y estirar los músculos. Esta vez me esforcé más de lo normal para hacerme la graciosa y corría de aquí para allá, saltaba, me abalanzaba sobre mi hermana, y miraba por el rabillo del ojo a estos dos seres extraños que nos observaban sonriendo con cara de bobalicones.
Pero al final como siempre, terminamos entre nuestros barrotitos de metal.
Y se apagó la luz de la tienda. Y renegué de los Reyes, y de los Perros Magos. Y, Y…me dormí.
Al día siguiente, todavía adormilada junto a mi hermana, a través del cristal del escaparate y otra especie de reja que baja del techo por las noches, (y que nunca he sabido si era para que no entrara gente desde fuera ó para que no pudiéramos salir nosotros) vi a uno de los bobalicones de la noche anterior. Era el hombre. Nos miraba, paseaba por la acera, al momento volvía a ponerse frente a nosotras y parecía mirar con nerviosismo. Volvía a pasear hasta el borde de la acera, miraba a lo lejos, con un movimiento de su mano izquierda encaraba el reloj frente a sus ojos, y otra vez a pasear.
Por fin aparece un coche, baja el jefe de la tienda, se saludan sonriendo, vienen hacia la puerta, se busca las llaves en los bolsillos y… no las tenía. Las había olvidado. Tras una pequeña explicación al hombre que esperaba, se sube al coche y desaparece. De nuevo vuelven los paseos y el mirarnos con una sonrisita. Pasados quince minutos aparece de nuevo el dueño de la tienda y entran.
Hablan muy deprisa, no los entiendo, pero veo que en una bolsa le da comida, dos platos, un frasco, un collar y una correa. Me pongo nerviosa, ¿ vendrá a por una de nosotras para llevarnos a su casa? ¿Quizás a las dos? ¿O vendrá a llevarse a otro de los compañeros de cautiverio?
Pronto salgo de dudas. Se acercan hacia nuestra casita, se abre la puerta y contengo la respiración. La mano taxi se introduce y…ME COGE A MÍ.
El dueño me lleva a la trastienda y me frota con una colonia de perfume horrible y me peina. Seguramente me está poniendo presentable para causar buena impresión a la nueva familia. Yo creo que estaba más guapa y olía mejor antes de entrar a la trastienda, pero allá ellos. ¡Si eso es lo que les gusta!
Mi papá nuevo me coge con cuidado, no sé si para no hacerme daño ó para no mancharse. Yo estaba nerviosa. Por fin iba a pisar esa calle que veía desde mi parcelita de tienda. ¿ El suelo sería duro, blando, frío, caliente? Pronto lo iba a descubrir.
¡Mi gozo en un pozo! Salimos de la tienda y fuimos directos a un coche, y sin dejarme en el suelo, abrió la puerta y fui directa de sus brazos al asiento delantero.
En un momento el motor del coche dejó de rugir. De nuevo salimos del coche. Esta vez las manos que me transportan me toman con más seguridad. Sigo nerviosa, pero el papá con su sonrisa y sus palabras amables me tranquiliza un poco. Yo estaba un poco, ¿ qué digo un poco? Un mucho nerviosa. El papá bobalicón también, porque yo me daba cuenta, a pesar de mi poca experiencia en contacto con los humanos, de que le invadía una especie de excitación y su continua sonrisa de felicidad era un poco incontrolada.
Entramos en el portal de un gran edificio, y aunque entonces no sabía yo muy bien que era todo aquello, con el tiempo lo aprendí perfectamente, y ahora lo puedo explicar con mi lenguaje actual.
Decía que entramos en el portal de un edificio. Siempre conmigo en brazos, mi nuevo papi subió unos cuantos escalones que nos separaban del ascensor. Eran dos los ascensores. Apretó un botón, y al momento uno de los huecos por los que suben y bajan las cabinas, se iluminó. En la ventanita que hay en la pared, junto al botón de llamada de los ascensores, apareció el número cero. Significaba que la cabina estaba allí, frente a nosotros.
Con un movimiento suave pero enérgico, mi portador abrió la puerta. Entramos dentro de la cabina del ascensor, y las puertas exterior e interior, se cerraron despacio.
De pronto, mientras observaba desde mi privilegiada posición el espejo, el techo iluminado y el suelo de mármol, cuyo contacto tenía ganas de experimentar, aquella pequeña cabina se puso en movimiento. Hoy me río, pero en aquel momento, era algo completamente desconocido para mí, y mi ya un poco tembloroso cuerpo, se agitó más todavía ante aquella sensación nueva y extraña que me separaba del suelo y me elevaba hacia arriba. Mi protector debió de notarlo, pues me apretó suavemente contra su chaqueta de cuero y murmuró unas palabras de consuelo.
¡El viaje fue muy breve! Llegamos al segundo piso, el artefacto se paró. La puerta interior se abrió despacio, y de nuevo mi papá, empujó la puerta exterior y en un momento estuvimos frente a una puerta de madera, que era la entrada a la vivienda. Tenía un tirador dorado algo roñoso, en la parte superior aparecía el número dos, y a media altura había un objeto para mí desconocido entonces, que era de colores verde y rojo, y quizás alguno más, que me gustó mucho, luego comprendí que aquel objeto era un adorno de Navidad.
Las manos de mi nuevo amigo buscaron las llaves en los bolsillos de su chaqueta. Aparecieron unas cuantas que colgaban de un pequeño aro metálico, con habilidad eligió una de ellas, y a pesar de sus nervios acertó a introducirla en un huequecito de la puerta preparado para ese fin. La giró, y suavemente y muy despacio la abrió lo justo para introducir su cabeza. Se ve que encontró la casa en calma, pues acto seguido entramos los dos, cerró la puerta de la calle, ¿ y sabéis que pasó? Pues que abrió otra puerta. Las casa de los humanos están llenas de puertas por todas partes. Será por eso que les llaman humanos, porque tienen una contínua necesidad de usar las manos.
Bueno pues esta puerta era la del salón comedor. Entramos, y con mucho cuidado me depositó en el suelo, me hizo un par de arrumacos (¿se escribe así?). Miré a mí alrededor, y vi una sala espaciosa, casi tan grande como la tienda donde vivía en mi pequeña casita de barrotes de metal. Habían un montón de cosas, que en aquel momento yo no había visto nunca, y que poco a poco fui conociendo y aprendiendo sus nombres. Eran las sillas y la mesa de comer, de comer ELLOS, el sofá para tumbarse a la bartola, para tumbarse ELLOS, y muchas más cosas para estar cómodos y disfrutar, para estar cómodos y disfrutar ELLOS. Pero yo le eché el ojo a un sillón marrón monoplaza, y pensé ¡este para mí! Ya os explicaré como lo conseguí.
Había allí también macetas con plantas, un aparato que luego supe que era la televisión, ya os contaré más adelante para lo que sirve, y un gran árbol de Navidad, lleno de adornos y lucecitas de colores, y a sus pies en el suelo un montón de cajitas de distintos tamaños. “ERAN LOS REGALOS DE LOS REYES MAGOS” (eso también lo supe después).
20May2008
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Los personajes de este relato son:
Raimundo Silguero Otero, 58 años de edad, casado con Dolores Cifuentes García, 54 años, ambos con domicilio en la Avda. Archiduque Carlos, en Valencia.
Jacinto Melgarejo Cortés, 73 años, con domicilio en la calle Carniceros, en Valencia.
Transcurría el año 1996, Raimundo disfrutaba de una vida aburrida pero cómoda, como gran parte de sus conciudadanos. El trabajo, una copa en el bar con sus amigos, la quiniela, el fútbol y su familia.
Lo que más le gustaba a Raimundo cuando llegaba a casa, era sentarse en su mecedora. Una mecedora de madera de haya, bien torneada y con rejilla en rombo. La mecedora llevaba treinta años en esa casa.
Raimundo se sentaba en ella para leer el periódico, para ver la tele, para descansar, se balanceaba y cerraba los ojos. Se sentía bien. Era feliz con su mecedora.
Así pasaron muchos años. Con el paso del tiempo, sucedió que cuando veía la televisión, le llamaba la atención un anuncio de un sillón de masaje. Debe ser cómodo, se decía.
Un día en un centro comercial tuvo la oportunidad de probar uno de esos sillones multiposicionales, multifuncionales y multi muchas cosas. Que además te proporcionaban un masaje relajante. Raimundo no se lo quitaba de la cabeza, y un día le propuso a su mujer comprar uno. Dolores no lo veía claro, y además costaba mucho dinero, 250.000 pesetas.
Raimundo insistía, y además aprovechando que el salón de la casa andaba escaso de espacio, podría vender la mecedora, y así dejaba sitio para el sillón y además sacaba un dinero para ayuda de la nueva compra. Vamos, que mataba dos pájaros de un tiro. Tanto insistió Raimundo, que al fin consiguió de Dolores lo que esperaba. ¡Haz lo que te dé la gana!
Raimundo fue a la Plaza Redonda y en una casa de compra venta de muebles usados, vendió la querida mecedora por 15.000 pesetas. Muy contento fue a comprar el sillón de masaje.
A los tres días lo tenía en su casa. Los primeros días parecía un niño con zapatos nuevos. Probaba todas las posiciones y todas las funciones del nuevo juguete. Le explicaba a Dolores como funcionaba, la hacía probarlo. En fin, el paraíso.
Pasadas unas semanas, empezó a recordar su mecedora, y a cansarse un poco de su maravilloso sillón. Quitando la mesilla del fondo del comedor, y desplazando el mueble del televisor, habría sitio para su mecedora.
Raimundo sin consultar con Dolores tomó una decisión. Recuperaría su antigua mecedora y volvería a ponerla en el salón. Volvió a la Plaza Redonda, entró en la tienda de compra venta de muebles usados, y preguntó al dueño por la mecedora que le había vendido unas semanas antes. El dueño le dijo que ya no la tenía, que la habían comprado. A Raimundo le entró una rabia que a duras penas consiguió contener. Muy serio, con los ojos abiertos de par en par, preguntó quién la había comprado. El dueño le dijo que a un señor mayor, pero que no sabía su nombre ni su dirección.
Raimundo insistió, pero sólo pudo averiguar que era un hombre mayor, que iba de vez en cuando por la tienda y compraba en alguna de sus visitas cualquier baratija. La mecedora era la compra de mayor valor económico que había realizado.
A partir de ese momento, Raimundo se puso una meta en la vida, averiguar quién era el comprador que le había robado su mecedora. Estaba inquieto, nervioso, de mal humor. La idea de recuperar la mecedora que durante tanto tiempo le había acompañado, le obsesionaba. Dolores le preguntaba qué le pasaba, pero él contestaba que nada.
Desde aquel día, Raimundo pasaba a menudo por la tienda donde vendió su mecedora a preguntarle al dueño si estaba en la tienda el comprador ó si había vuelto por allí. La respuesta era siempre negativa. Salía refunfuñando de la tienda y maldiciendo el día que decidió desprenderse de su mecedora. En ella había estado sentada su madre. ¿Cómo podía haber hecho una cosa así?
Al fin un sábado por la mañana, volvió a la tienda y al verle entrar, el dueño le hizo una seña dirigiendo la vista a un anciano que escudriñaba los objetos de su tienda.
Raimundo sonrió agradecido de oreja a oreja, y se dirigió hacia donde estaba el viejo. Simuló tropezar con él, y tras pedirle disculpas inició una conversación sobre los objetos que se exponían en la tienda. Al fin se presentó:
“Soy Raimundo Silguero”, el anciano le tendió la mano diciendo yo soy “Jacinto Melgarejo”. La conversación se fue extendiendo.
¿Viene usted mucho por aquí?. Preguntó Raimundo.
De vez en cuando, contestó Jacinto.
A mí me gustan los objetos antiguos, en concreto colecciono mecedoras, dijo Raimundo.
Precisamente hace un mes compré yo una mecedora aquí mismo, comentó Jacinto.
Raimundo puso cara de sorpresa, y preguntó ¿Es muy antigua?
Calculo que será de los años cincuenta, respondió Jacinto.
Raimundo le dijo que como coleccionista que era, tenía mucho interés en verla, y quizás ¿quién sabe? Si valía la pena podría hacerle una buena oferta por ella.
Jacinto le dijo que no tenía intención de venderla.
Insistió Raimundo en verla, y Jacinto accedió.
Fueron en el coche de Raimundo hasta la casa de Jacinto. Un tercer piso sin ascensor, en un viejo edificio del centro de Valencia. Subieron pausadamente los 48 escalones que separaban el portal de ese tercer piso. Al abrir la puerta, Raimundo contempló una casa tan vieja como su dueño, pasaron a un salón, donde había una mesa, cuatro sillas, un televisor, una jaula con dos canarios y LA MECEDORA. Rodeado toda de bastante suciedad. Raimundo expresó su admiración por la mecedora, y ofreció comprarla por 30.000 pesetas.
Jacinto sonreía y negaba con la cabeza. Como usted ve es la única comodidad que tengo en mi casa, y sentado en ella paso los mejores momentos del día, sea viendo la televisión, sea dormitando ó sea leyendo los folletos de propaganda que dejan en el buzón. Raimundo insistía, subía la cantidad, pero no logró convencer al anciano. Se despidieron.
Raimundo salió a la calle contrariado y resoplando. ¡Maldito viejo! Pasaron los días y la obsesión por la mecedora iba en aumento. Al cabo de diez días, se plantó en el edificio de Jacinto a las 9 de la mañana, esperando que saliera y abandonara la casa para robarle la mecedora.
A las seis de la tarde y sin comer, seguía allí. Jacinto ni había salido ni entrado en el portal. Raimundo dedujo que no debía estar en la casa. Entró en el portal aprovechando la salida de un vecino, subió al tercer piso, pulsó el timbre de la vivienda de Jacinto, y nadie contestó. Sacó una ganzúa que llevaba guardada en la gabardina, y forzó la puerta.
Entró buscando su preciado botín, LA MECEDORA. La encontró, y sentado en ella a un Jacinto sin hálito de vida. Yerto y rígido como una mojama. Raimundo quedó sorprendido y desconcertado. Su primer impulso fue huir. Se calmó y pensó que debía hacer. Jacinto había fallecido de muerte natural. Por tanto nada tenía que temer.
Entonces lo cogió en brazos y lo depositó con cuidado encima de la cama.
Cogió su MECEDORA y desapareció. A Dolores le contó que la había visto en la tienda de compraventa, y despertó en él compasión y recuerdos, y decidió traerla de nuevo a casa. Quitó la mesilla del fondo del comedor, desplazó un poco el mueble del televisor, y colocó en el salón su mecedora.
A Raimundo le remordía un poco la conciencia. No se atrevía a sentase en su mecedora.
Al día siguiente leyó en el periódico “Anciano encontrado muerto en extrañas circunstancias, la puerta de su vivienda ha sido forzada y el anciano encontrado muerto en su cama en extraña posición en forma de cuatro. La policía inicia las pesquisas y ordena al forense un estudio de las causas de su muerte”.
Lo que le faltaba a Raimundo. No podía dormir. La conciencia le recriminaba el robo y el haber mancillado el cadáver al cambiarlo de sitio.
Al cuarto día, al ir al trabajo, se despidió de Dolores con un beso y un abrazo más sincero que de costumbre. Dolores se extrañó, pero se alegró. Raimundo se fue a la comisaría más cercana y confesó su hurto y el cambio de sitio del cadáver.
Esa noche no volvió a su casa. Estaba en un calabozo pequeño y maloliente. Raimundo sonrió para sí mismo. De una cosa estaba seguro. Esa noche dormiría.
Benidorm, febrero de 2007